La vida que nos roban

Cada día al despertar y salir de casa dejas de vivir un poco. No me refiero a los minutos que pasan y desaprovechamos, ni a los segundos que pasan y disfrutamos. Cada día nos roban un poco de vida, y no es nuestra culpa. A mí me han robado vida. Nos roban vida cuando nuestro día tiene integrado 3 o 4 horas de viaje para llegar a nuestro destino y regresar a casa. Nos roban vida porque no nos permiten estar más tiempo con personas que queremos ver, compartir otras actividades, tener más oportunidades.

Nos roban vida cuando no podemos elegir ni vestir la ropa que nos gusta, ni se te ocurra vestir minifalda, shorts, blusas “provocativas”. Lo peor es que no te importa el “qué dirán”, simplemente estas harta de que te falten el respeto con los ojos, la boca y hasta con el tacto. Nos roban día a día cuando tienes que tomar todas la precauciones posibles para que al salir de casa, llegues sana y salva. Es que nunca se sabe lo que puede pasar cuando atraviesas la puerta y reja de tu casa.

Nos roban cuando tienes que ocultar tu billetera, cuando tu cartera es un adorno y va vacía porque simplemente es la atracción más grande de los “amantes de lo ajeno”. Nos roban mucho más cuando no nos permiten caminar sin mirar hacia atrás, cuando el miedo crece porque se hace un poco más oscuro. Cada vez que le tenemos que pedir a alguien que nos recoja de la estación, que no podemos escuchar música al caminar por la calle, cuando tenemos que esconder el celular que acabamos de comprar con nuestro esfuerzo nos roban minutos de vida que no nos van a devolver.

Nos roban vida cuando sentimos un nudo en la garganta al tomar un taxi de la calle y no uno “seguro”. Cuando nos catalogan de valientes, arriesgadas y locas porque decidimos viajar entre amigas. Nos roban vida cuando no nos dejan andar con seguridad, cuando no nos enseñan a ser libres en todo sentido. Porque andar cuidando tu vida en cada paso que das, teniendo miedo de cada persona que cruzas en el camino, no es libertad y mucho menos vida.

Y con todo el dolor de tu corazón das un paso al costado, recuperas las riendas de tu vida y no permites que te roben ni un minuto más. Un momento en el que empiezas a disfrutar y aprecias las pequeñas cosas de la vida que antes no sabías que podían ser tan hermosas y necesarias. Llega un momento en el que quieres conocer un mundo en el que no necesitas ser privilegiado para tener lo más básico en el mundo, seguridad y libertad. Llega un momento en el que dejas de sobrevivir para empezar a vivir. 

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Cuerpo de verano

Para los que estamos en el lado este del planeta, el verano sigue en todo su esplendor. Como les conté en mi post anterior El encanto de viajar sola, estuve de viaje por Italia y la costa de Croacia. Si bien soy una persona que prefiere el invierno, una de mis cosas favoritas del verano es ir a la playa y quedarme en el mar por horas. El mar Adriático es increíble, es como una gran piscina y el agua es turquesa. Este verano tuve la oportunidad de estar en Silba, una pequeña y hermosa isla que no tiene carros ni bicicletas. Lo pasé de maravilla, hice geniales amigos y aprendí una de las cosas más importantes de este año: amé mi cuerpo de verano.

He de confesar que siempre he tenido un cierto complejo de ponerme ropa de baño, por más que trato de luchar contra ello, hay cosas que son más fuertes que la voluntad y todos los artículos sobre autoestima que leo en internet. Cada vez que se acercaba el verano, intensificaba ejercicios, cuidaba mis comidas, me prometía a mí misma ver un cambio. Pero lo que no me daba cuenta es que el cambio más importante viene de adentro, porque si en mi cabeza no me siento bien, el reflejo del espejo no va cambiar así tenga 10 kg más o menos, así entrene 2 o 5 horas diarias.

Este verano, después de 26 años de playa, logré estar en bikini por más de una hora, logré caminar así delante de todo el mundo, jugar voley (yo que mejor hablo chino que jugar voley), ir a una fiesta de piscina, tomar sol, estar rodeada de gente…sin pensar en las críticas o en el qué dirán, y ¿saben qué? los más grandes prejuicios están en nuestra mente. Somos nosotros los que más nos juzgamos, nos comparamos con imágenes de revistas que son irreales, nos traumamos con una cicatriz, con celulitis, con un poco de grasa que aparece en nuestra cadera. Buscamos un cuerpo de verano que es inalcanzable que no existe, porque nuestros estándares de belleza son irreales, son manipulados e inexistentes. Por más que leemos que la modelo de la revista tiene mil arreglos y filtros, sufrimos por vernos como ella, cuando nadie se ve así, ni ella misma.

Este año por fin acepté mi cuerpo tal y como es, así como vine al mundo, aprendí a sonreír al reflejo del espejo y a amar la forma en la que mi cuerpo está hecho. No todos somos iguales, gracias a Dios hay afuera miles de cuerpos y rostros distintos, todos somos hermosos y tenemos el derecho y la obligación de amar el reflejo que vemos a diario en el espejo. No busquemos un cuerpo de verano que creemos va a llenar nuestra alma con una subida de autoestima porque está todo en nuestro interior. No busquemos una perfección que no existe, busquemos salud y bienestar mental y físico. No dependemos de nuestra apariencia física para conquistar nuestros sueños y metas, nunca olvidemos que la confianza y una gran sonrisa abren más puertas que un 90-60-90. Aprendamos a amar y cuidar nuestro cuerpo en todas las estaciones del año, a llenarnos de confianza, seguridad y felicidad.

 

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